Boleòn
Me llaman Boleòn. De mí se sabe poco, y es una elección. En la notoriedad veo un peso que no quiero llevar dentro de mi vida privada. Boleòn es el alias que me identifica y a la vez me protege, un nombre que me permite sentirme libre de mi verdadera identidad y expresarme en mi forma más auténtica.
El inicio
Una vez me preguntaron cómo sé cuándo una obra está terminada. Una pregunta sencilla, que nunca me había hecho, y que resultó más importante de lo que parecía. De una obra yo no veo el final, veo el momento en que nace. La hago nacer y luego la dejo ir, a merced de los acontecimientos, esperando que un día se rodee de un marco que le haga justicia. Y no me refiero solo al físico. A veces el marco de un cuadro es su propio valor, y es justo ahí, en ese contorno hecho también de historia, donde la obra cobra vida después de que el artista la ha generado. Sobre todo esto, a menudo, no tengo ningún control. No sé qué acontecimientos la atravesarán, ni qué miradas acabarán por transformarla.
Pienso en la Gioconda. No es el cuadro más famoso del mundo por ser el más preciso o el más perfecto; lo es por el marco que ha crecido a su alrededor, hecho de quien la pintó y de todo lo que le ha sucedido. Antes de 1911 ni siquiera era la obra más célebre del Louvre. Luego alguien la robó, y durante dos años la pared vacía atrajo más visitantes de los que jamás había atraído el propio cuadro. Cuando volvió a su lugar ya era leyenda. La fama, al fin y al cabo, no nace siempre de la calidad o del valor de un objeto en sí, sino de todo lo que lo envuelve, de la materia tangible y de lo impalpable que vive a su alrededor. El límite entre obra y marco, así, se difumina en una infinidad de dimensiones.
Y como un padre con sus hijos, dejo que mis obras vaguen por el universo y encuentren, tarde o temprano, el marco que sepa rendirles honor y gracia. Espero que entre quienes miran haya alguien capaz de dar vida, partiendo de lo que he creado, a un nuevo marco, a una nueva historia, quizá incluso a una nueva obra. Porque solo somos hombres, y ninguno de nosotros puede levantar un muro solo. Por inmenso que sea el esfuerzo de cada uno, solo juntos se construye algo verdaderamente grande. Yo también soy un hombre como tantos, y ofrezco confiado mi pequeño ladrillo de pensamientos y sentimientos. Cada cosa, medida frente al infinito, es nada. Me corresponde a mí decidir cuánto mirar hacia arriba y cuánto esforzarme, sabiendo que lo que hago seguirá siendo minúsculo frente a la vastedad del cosmos y de las vicisitudes humanas. Y sin embargo creo firmemente en la importancia de cada ladrillo, de cada gesto, de cada respiración. A esto me dedico por entero, para que alguien, después de mí, pueda recoger ese ladrillo y seguir construyendo.
Espacios y colores
En mis acuarelas el blanco no es una ausencia. Es una libertad, y por tanto también una responsabilidad, la que entrego a quien observa. Al fondo le confío el significado de una frecuencia que transmitir, una nota sostenida que acompaña todo lo que se posa sobre ella, y la traduzco en colores monocromos o casi. En este momento, entre todos, el blanco es el que más se repite, porque es el espacio que concede más aire, más silencio, y permite que un concepto se dilate en todas las direcciones.
El círculo
En mis pinturas vuelven puntos, esferas, formas semicirculares. Custodian a la vez la perfección y la imperfección, y esa es la contradicción del círculo. El número Pi, casi un ADN de cada círculo, es un número sin fin y sin retorno, el retrato de algo que parece perfecto pero que esconde en su interior una maraña de imperfecciones que nunca encuentra equilibrio. Y sin embargo es precisamente el círculo el que da equilibrio al cuadro, el que une las figuras a sus significados como un puente que sostiene el peso de varios mundos que se apoyan mutuamente, mientras su posición, nunca del todo precisa, deja entrever sus ambigüedades.
Las líneas
Mis líneas están pensadas para no ofrecer descanso al ojo, allí donde normalmente encontraría un puerto seguro. En una línea buscamos por instinto un principio y un final. Descubrir que a veces no existe ni lo uno ni lo otro empuja a hacerse preguntas más grandes, a perseguir lo que no se ve, a ir más allá de los significados habituales de la vida cotidiana, hacia lo que queda más allá del tiempo, de la dirección y de lo ordinario.
Id más allá del título
Los títulos de mis obras cuentan lo que veo a primera vista, pero a menudo son solo un umbral. Sirven para abrir un razonamiento más amplio, para detenerse, para escuchar las propias sensaciones hasta identificarse con lo representado, o con lo que cada uno interpreta y crea con su propia imaginación. «Estrella fugaz sobre el mar nocturno», por ejemplo, es una obra abierta. Podemos sentirnos como la estrella que concluye su viaje apagándose y que, al hacerlo, destruye lo que toca. Podemos sentirnos como el mar que se calienta y percibe algo nuevo, o como los seres que lo habitan, que mueren, que nacerán o que se alimentarán gracias a esa luz. En el fondo, para bien y para mal, todos somos hijos de las estrellas, y nos corresponde a nosotros elegir desde qué lado observar e interpretar la obra, según el estado de ánimo, las percepciones y las sensaciones que nos habitan.